¿Fundó Cristo una Iglesia visible?

Muchos cristianos piensan hoy que la Iglesia es algo invisible: la suma de todos los que creen en Jesús, cada uno en su comunidad. Según esta idea, Cristo no habría fundado ninguna institución concreta, y da igual a qué iglesia se pertenezca, mientras haya una «relación personal con Jesús». La Escritura y la historia enseñan otra cosa: Cristo fundó una sola Iglesia, visible, con una autoridad que Él mismo estableció, y prometió que duraría hasta el fin del mundo.

Lo que enseña la Sagrada Escritura

Cristo fundó una Iglesia

Jesús no habla de «iglesias», en plural, sino de «mi Iglesia», en singular, y la edifica sobre una persona concreta:

Y Yo, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del abismo no prevalecerán contra ella.

San Mateo 16,18

Una Iglesia visible, con autoridad

Una iglesia invisible no podría recibir quejas ni dar sentencias. La de Cristo, sí:

Si a ellos no escucha, dilo a la Iglesia. Y si no escucha tampoco a la Iglesia, sea para ti como un pagano y como un publicano. En verdad, os digo, todo lo que atareis sobre la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desatareis sobre la tierra, será desatado en el cielo.

San Mateo 18,17-18

Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a Mí me rechaza.

San Lucas 10,16

Una Iglesia una

Cristo pidió al Padre la unidad de los suyos como señal para el mundo. La división entre cristianos no es una riqueza, sino un escándalo:

A fin de que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, a fin de que también ellos sean en nosotros, para que el mundo crea que eres Tú el que me enviaste.

San Juan 17,21

Uno es el cuerpo y uno el Espíritu, […] uno el Señor, una la fe, uno el bautismo.

Efesios 4,4-5

Una Iglesia que enseña la verdad

La casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y cimiento de la verdad.

1 Timoteo 3,15

Una Iglesia con sucesores de los Apóstoles

Los Apóstoles no se consideraron los últimos. Cuando Judas cae, eligen a Matías para que «reciba otro su episcopado» (Hch 1,20-26). San Pablo deja a Tito en Creta para que «constituya presbíteros en cada ciudad» (Tit 1,5), y manda a Timoteo transmitir lo recibido «a hombres fieles, los cuales serán aptos para enseñarlo a otros» (2 Tim 2,2). Son cuatro generaciones en un solo versículo: Pablo, Timoteo, hombres fieles y otros.

Mirad, pues, por vosotros mismos y por toda la grey, en la cual el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la Iglesia del Señor, la cual Él ha adquirido con su propia sangre.

Hechos 20,28

Una Iglesia que no fallará

Y mirad que Yo con vosotros estoy todos los días, hasta la consumación del siglo.

San Mateo 28,20

Cuando venga Aquel, el Espíritu de verdad, Él os conducirá a toda la verdad.

San Juan 16,13

Lo que enseñaron los Padres

Los primeros cristianos no conocieron ninguna «iglesia invisible». Conocieron una comunidad concreta, presidida por sus obispos en comunión entre sí.

San Clemente de Roma, hacia el año 96, cuando todavía vivía el apóstol San Juan: «Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo […]. Predicando por regiones y ciudades, establecían a los primeros frutos de su predicación, después de probarlos por el Espíritu, como obispos y diáconos de los que habían de creer. […] Y dispusieron que, cuando estos murieran, otros varones probados les sucedieran en su ministerio» (Carta a los corintios, 42 y 44).

San Ignacio de Antioquía, hacia el año 107, es el primero que llama a la Iglesia «católica», es decir, universal: «Donde aparezca el obispo, allí esté la comunidad, así como donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica» (Carta a los esmirniotas, 8).

San Ireneo de Lyon, hacia el año 180, contra los herejes gnósticos que decían tener una doctrina secreta: «La tradición de los Apóstoles, manifestada en el mundo entero, puede verla en toda Iglesia todo el que quiera ver la verdad. Podemos enumerar a los que fueron establecidos por los Apóstoles como obispos en las Iglesias, y a sus sucesores hasta nosotros» (Contra las herejías, III, 3, 1). A continuación da la lista de los obispos de Roma, desde Pedro hasta Eleuterio, el de su tiempo.

San Cipriano de Cartago, mártir en el año 258: «No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre» (De la unidad de la Iglesia, 6).

Las notas de la verdadera Iglesia

Desde el Concilio de Constantinopla (381), los cristianos confiesan en el Credo: «Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica». Estas cuatro «notas» permiten reconocer a la Iglesia que fundó Cristo.

  • Una: una sola fe, unos mismos sacramentos y un solo gobierno bajo el sucesor de Pedro.
  • Santa: fundada por Cristo, santo; con medios de santificación (la doctrina y los sacramentos) y con frutos de santidad (los santos) en todas las épocas. Que haya pecadores en ella no la hace menos santa, como no deja de ser hospital un hospital lleno de enfermos.
  • Católica: universal, enviada a todos los pueblos y presente en todo el mundo, con la fe entera y no con una parte.
  • Apostólica: fundada sobre los Apóstoles, conserva su doctrina y está gobernada por sus sucesores, los obispos, en una cadena que no se ha roto.

Solo la Iglesia católica reúne las cuatro. Las comunidades nacidas de la Reforma protestante no pueden remontar su origen más allá del siglo XVI, y están divididas en miles de denominaciones que se contradicen entre sí.

Lo que enseña la Iglesia

El Concilio Vaticano I enseña que «el eterno Pastor y Obispo de nuestras almas, para hacer perenne la obra saludable de la redención, decretó edificar la santa Iglesia, en la cual, como en la casa del Dios vivo, todos los fieles estuvieran unidos por el vínculo de una sola fe y caridad» (Pastor Aeternus, prólogo, DS 3050). Pío XII, en la encíclica Mystici Corporis (1943), identifica el Cuerpo místico de Cristo con la Iglesia católica romana.

Objeciones y respuestas

«La verdadera Iglesia es invisible: son todos los que creen»

Una Iglesia invisible no puede ser «escuchada» (Mt 18,17), no puede tener obispos que apacienten la grey (Hch 20,28) ni puede ser «columna y cimiento de la verdad» (1 Tim 3,15). Cristo comparó su Iglesia con una ciudad puesta sobre un monte, que no se puede ocultar (Mt 5,14). Además, esa idea era desconocida antes del siglo XVI: nació para justificar la separación de la Iglesia existente.

«La Iglesia se corrompió con Constantino y hubo que restaurarla»

Si la Iglesia hubiera desaparecido o caído en el error durante más de mil años, Cristo habría faltado a su promesa de que las puertas del abismo no prevalecerían contra ella (Mt 16,18) y de que estaría con ella todos los días (Mt 28,20). Además, la fe de la Iglesia después de Constantino es la misma de antes: los escritos de San Ignacio, San Justino y San Ireneo, muy anteriores, ya hablan de obispos, de la Eucaristía como carne de Cristo y de la autoridad de Roma.

«Lo importante es la relación personal con Jesús, no la Iglesia»

La relación personal con Jesús es indispensable, pero Jesús mismo quiso que se diera dentro de su Iglesia. No se puede amar a la Cabeza y despreciar el Cuerpo (Col 1,18). Cristo amó a la Iglesia «y se entregó Él mismo por ella» (Ef 5,25). Quien rechaza a los que Él envió, lo rechaza a Él (Lc 10,16).

«En la Iglesia hay muchos pecadores, incluso entre los obispos»

Cristo lo anunció: el trigo y la cizaña crecerán juntos hasta la siega (Mt 13,24-30), y en la red se recogen peces buenos y malos (Mt 13,47-48). Entre los Doce hubo un traidor. La santidad de la Iglesia no depende de la santidad de cada uno de sus miembros, sino de Cristo, que la santifica con su palabra y sus sacramentos.

En resumen

  • Cristo fundó una sola Iglesia, «mi Iglesia», y la edificó sobre Pedro (Mt 16,18).
  • Es visible, tiene autoridad para enseñar y juzgar (Mt 18,17-18) y es columna de la verdad (1 Tim 3,15).
  • Los Apóstoles establecieron sucesores, los obispos, como atestiguan la Escritura y los Padres desde el siglo I.
  • Se la reconoce por sus cuatro notas: una, santa, católica y apostólica.
  • Cristo prometió estar con ella hasta el fin del mundo: no puede desaparecer ni ser «refundada».

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Las citas bíblicas siguen la traducción de Mons. Johannes Straubinger. DS = Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum.