¿Por qué el Papa?

Los católicos creen que el obispo de Roma, el Papa, es el sucesor de San Pedro y el Vicario de Cristo en la tierra, con autoridad sobre toda la Iglesia. Para muchos no católicos, esta es la mayor piedra de tropiezo. Sin embargo, la Escritura muestra que Cristo dio a Pedro un lugar único entre los Apóstoles, y la historia muestra que la Iglesia de Roma ejerció desde el principio una autoridad que todas las demás reconocían.

Lo que enseña la Sagrada Escritura

Cristo cambió el nombre de Simón

En la Biblia, cuando Dios cambia el nombre de alguien, le da una misión nueva: Abram pasa a ser Abrahán, «padre de una multitud»; Jacob pasa a ser Israel. Desde el primer encuentro, Jesús le pone a Simón un nombre que nadie había llevado antes:

Jesús poniendo sus ojos en él, dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan: tú te llamarás Kefas — que se traduce: Pedro».

San Juan 1,42

Kefa, en arameo, la lengua que hablaba Jesús, significa «roca».

La roca y las llaves

Y Yo, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del abismo no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos: lo que atares sobre la tierra, estará atado en los cielos, lo que desatares sobre la tierra, estará desatado en los cielos.

San Mateo 16,18-19

Las «llaves» tienen un sentido preciso para un judío. En el reino de David, el mayordomo de palacio llevaba las llaves de la casa del rey y gobernaba en su nombre. Era un oficio que pasaba de uno a otro: Isaías anuncia que se le quitará a Sobná y se le dará a Eliaquim.

Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David; abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá.

Isaías 22,22

Jesús, el Hijo de David, da a Pedro las llaves de su reino. No es un honor personal que se acaba con su muerte: es un oficio en la casa del Rey.

Confirmar a los hermanos

En la Última Cena, Jesús anuncia que Satanás zarandeará a todos los Apóstoles («os», en plural), pero ruega en particular por la fe de Pedro, para que él sostenga a los demás:

Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como se hace con el trigo. Pero Yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos.

San Lucas 22,31-32

Apacentar el rebaño

Después de la resurrección, ante los demás Apóstoles, Jesús confía a Pedro su rebaño entero, corderos y ovejas, tres veces, tantas como lo había negado:

«Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que estos?» Le respondió: «Sí, Señor, Tú sabes que yo te quiero». Él le dijo: «Apacienta mis corderos». […] «Pastorea mis ovejas». […] «Apacienta mis ovejas».

San Juan 21,15-17

Pedro, el primero

El Nuevo Testamento nombra a Pedro casi doscientas veces, muchas más que a cualquier otro Apóstol. En las cuatro listas de los Doce aparece siempre el primero, y San Mateo lo dice expresamente: «primero Simón, llamado Pedro» (Mt 10,2), aunque no fue el primero en ser llamado (lo fue su hermano Andrés, Jn 1,40-42). Judas Iscariote aparece siempre el último.

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro dirige la elección de Matías (Hch 1,15-26), predica el primer sermón en Pentecostés (Hch 2,14), hace el primer milagro (Hch 3,6), recibe a los primeros paganos en la Iglesia (Hch 10) y, en el Concilio de Jerusalén, toma la palabra para zanjar la discusión: «Después de larga discusión se levantó Pedro…» (Hch 15,7).

Lo que enseñaron los Padres

San Clemente de Roma, hacia el año 96, escribe a la Iglesia de Corinto para corregir una revuelta contra sus presbíteros. Lo hace con autoridad, aunque el apóstol San Juan todavía vivía y estaba mucho más cerca, en Éfeso. Advierte que quien desobedezca «lo que Él ha dicho por medio de nosotros» se pondrá en grave peligro (Carta a los corintios, 59).

San Ignacio de Antioquía, hacia el año 107, saluda a la Iglesia de Roma como la que «preside en la caridad» (Carta a los romanos, saludo), un elogio que no dirige a ninguna otra.

San Ireneo de Lyon, hacia el año 180: «Con esta Iglesia [la de Roma], a causa de su más poderosa principalidad, es necesario que concuerde toda Iglesia, es decir, los fieles de todas partes» (Contra las herejías, III, 3, 2).

San Cipriano de Cartago, siglo III, llama a Roma «la cátedra de Pedro y la Iglesia principal, de la cual nació la unidad sacerdotal» (Carta 59, 14).

San Jerónimo, en el siglo IV, escribe al papa San Dámaso: «Sigo como primero a nadie más que a Cristo, y me uno en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia» (Carta 15, 2).

En el Concilio de Calcedonia (451), cuando se leyó la carta doctrinal del papa San León Magno, los obispos exclamaron: «¡Pedro ha hablado por boca de León!».

Lo que enseña la Iglesia

El Concilio Vaticano I definió que Cristo dio a San Pedro un verdadero primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia (DS 3053-3055), que este primado se perpetúa en sus sucesores, los obispos de Roma (DS 3056-3058), y que el Romano Pontífice es infalible cuando habla ex cathedra (DS 3074), es decir, cuando, como pastor y doctor de todos los cristianos, define con su suprema autoridad una doctrina de fe o de costumbres que debe sostener toda la Iglesia.

Objeciones y respuestas

«En griego, Pedro es Petros (piedrecita) y la roca es petra; no son lo mismo»

Jesús hablaba arameo, y en arameo la palabra es la misma las dos veces: «Tú eres Kefa, y sobre esta kefa edificaré mi Iglesia». San Juan conserva esa palabra aramea (Jn 1,42), y San Pablo llama a Pedro «Cefas» varias veces (1 Cor 1,12; Gál 2,9). En griego se dice Petros simplemente porque petra es femenino y no sirve como nombre de varón. El juego de palabras solo tiene sentido si Pedro es la roca.

«La roca es Cristo, no Pedro»

Cristo es, ciertamente, la piedra angular (Ef 2,20) y el único fundamento (1 Cor 3,11). Pero la misma Escritura llama también fundamento a los Apóstoles: «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús» (Ef 2,20). Cristo es la roca por naturaleza; Pedro lo es por participación, porque Cristo lo hizo así. Por eso le cambió el nombre.

«San Pablo reprendió a Pedro»

Mas cuando Cefas vino a Antioquía le resistí cara a cara, por ser digno de reprensión.

Gálatas 2,11

Pablo no corrige una enseñanza de Pedro, sino su conducta: por miedo a algunos judíos, Pedro había dejado de comer con los cristianos venidos del paganismo. En cuanto a la doctrina, Pedro había enseñado lo mismo que Pablo (Hch 15,7-11). La infalibilidad no significa que el Papa no pueda pecar, sino que no puede enseñar el error cuando define solemnemente la fe. Que Pablo cuente este episodio muestra, por otra parte, lo importante que era Pedro: no tendría sentido mencionarlo si se tratara de un discípulo cualquiera.

«Pedro nunca estuvo en Roma»

Pedro escribe su primera carta desde «Babilonia» (1 Pe 5,13), nombre con el que los primeros cristianos designaban a Roma, como hace también el Apocalipsis. San Clemente de Roma (hacia 96), San Ignacio (hacia 107), San Ireneo (hacia 180), Tertuliano y el presbítero Gayo (hacia 200) atestiguan que Pedro predicó y murió mártir en Roma. Gayo dice incluso dónde estaba su sepulcro: en el Vaticano. Las excavaciones realizadas bajo la basílica de San Pedro entre 1939 y 1949 encontraron, en ese mismo lugar, un monumento funerario del siglo II venerado por los cristianos.

«Ha habido papas malos»

Es verdad, y la Iglesia no lo oculta. Pero Cristo no prometió que los papas serían santos, sino que su fe no desfallecería en su oficio de confirmar a los hermanos (Lc 22,32). Que en dos mil años ningún papa, ni siquiera los de peor vida, haya definido solemnemente un error contra la fe es, precisamente, una prueba de la asistencia divina. También entre los Doce hubo un traidor, y el mismo Pedro negó tres veces a su Maestro.

En resumen

  • Cristo cambió el nombre de Simón por Kefa, «roca», y sobre él edificó su Iglesia (Jn 1,42; Mt 16,18).
  • Le dio las llaves del Reino, el signo del mayordomo que gobierna en nombre del rey (Mt 16,19; Is 22,22).
  • Rogó por su fe para que confirmara a los demás (Lc 22,32) y le confió todo su rebaño (Jn 21,15-17).
  • Desde el siglo I, la Iglesia de Roma, sede de Pedro, ejerció una autoridad reconocida por todas las demás.
  • El Vaticano I definió el primado y la infalibilidad del Papa cuando habla ex cathedra (DS 3053-3075).

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Las citas bíblicas siguen la traducción de Mons. Johannes Straubinger. DS = Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum.