La Iglesia enseña que las almas de quienes mueren en gracia de Dios, pero sin estar del todo purificadas, pasan por una purificación antes de entrar en el cielo. Ese estado se llama purgatorio. Los protestantes lo rechazan, afirmando que no aparece en la Biblia y que contradice la obra de Cristo. Pero el purgatorio no es una invención medieval: es la consecuencia de verdades claras de la Escritura, y los cristianos rezan por sus difuntos desde el principio.
El punto de partida: nada manchado entra en el cielo
Y no entrará en ella cosa vil, ni quien obra abominación y mentira, sino solamente los que están escritos en el libro de vida del Cordero.
Apocalipsis 21,27
Procurad tener paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.
Hebreos 12,14
Para ver a Dios hay que ser perfectamente santo. Pero muchos mueren en amistad con Dios, arrepentidos de sus pecados graves, y aun así con faltas leves, apegos desordenados o penas pendientes por pecados ya perdonados. No merecen el infierno, porque murieron en gracia; pero no están todavía preparados para la presencia de Dios. El purgatorio es la misericordia de Dios que termina de purificarlos.
Lo que enseña la Sagrada Escritura
La oración por los difuntos
Y habiendo recogido en una colecta que mandó hacer, doce mil dracmas de plata, las envió a Jerusalén, a fin de que se ofreciese un sacrificio por los pecados de estos difuntos […] —pues si no esperara que los que habían muerto habían de resucitar, habría tenido por cosa superflua e inútil el rogar por los difuntos—. […] Es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, a fin de que sean libres de sus pecados.
2 Macabeos 12,43-46
Judas Macabeo manda ofrecer sacrificios por unos soldados caídos en cuyas ropas se habían encontrado amuletos idolátricos. No se reza por los que están en el cielo, que no lo necesitan, ni por los condenados, a quienes no les sirve. Si rezar por los difuntos es «santo y saludable», existe un estado en el que los difuntos pueden ser ayudados.
Salvarse «como a través del fuego»
Si, empero, sobre este fundamento se edifica oro, plata, piedras preciosas, (o bien) madera, heno, paja, la obra de cada uno se hará manifiesta, porque el día la descubrirá, pues en fuego será revelado; y el fuego pondrá a prueba cuál sea la obra de cada uno. Si la obra que uno ha sobreedificado subsistiere, recibirá galardón; si la obra de uno fuere consumida, sufrirá daño; él mismo empero se salvará, mas como a través del fuego.
1 Corintios 3,12-15
San Pablo habla de alguien que se salva y, sin embargo, sufre daño y pasa «a través del fuego». No es el infierno, porque se salva; no es el cielo, porque allí no se sufre daño. Es una purificación después de la muerte.
Pecados que se perdonan en el siglo venidero
Pero al que hablare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado ni en este siglo ni en el venidero.
San Mateo 12,32
Si hay un pecado que no se perdona «en el siglo venidero», se entiende que otros sí pueden perdonarse después de la muerte. Así lo razonó San Gregorio Magno: «De esta sentencia se deduce que algunas culpas pueden ser perdonadas en este siglo, y otras en el venidero» (Diálogos, IV, 41).
«No saldrás de allí hasta que pagues»
Ponte en paz, sin tardar, con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que él te entregue al juez y el juez al alguacil; y te pongan en la cárcel. En verdad te digo, que no saldrás de allí sin que hayas pagado hasta el último centavo.
San Mateo 5,25-26
Los Padres vieron aquí una imagen de la purificación después de la muerte: una prisión de la que se sale una vez saldada la deuda, a diferencia del infierno, del que no se sale nunca.
San Pablo reza por un difunto
Conceda el Señor misericordia a la casa de Onesíforo […]. Concédale el Señor que halle misericordia delante del Señor en aquel día.
2 Timoteo 1,16.18
Pablo pide misericordia para «la casa» de Onesíforo y, aparte, para Onesíforo mismo «en aquel día», el del juicio. Al final de la carta vuelve a saludar a su familia, pero no a él (2 Tim 4,19). Por eso muchos intérpretes, también algunos protestantes, entienden que Onesíforo ya había muerto, y que Pablo reza por él.
Lo que creyeron los primeros cristianos
Las inscripciones funerarias de los primeros siglos piden oraciones por los difuntos. El obispo Abercio de Hierápolis, a finales del siglo II, dejó escrito en su epitafio: «Que todo el que entienda y piense como yo ruegue por Abercio».
Tertuliano (hacia 211) cuenta que los cristianos ofrecen «oblaciones por los difuntos en el día aniversario» (Sobre la corona, 3), y que la viuda fiel reza por el alma de su esposo y pide para él refrigerio (Sobre la monogamia, 10).
Santa Perpetua, mártir en Cartago en el año 203, cuenta en el relato de su prisión que vio en una visión a su hermano pequeño Dinócrates, muerto años antes, sufriendo. Rezó por él, y en otra visión lo vio aliviado y feliz (Pasión de Perpetua y Felicidad, 7-8).
San Agustín cuenta en sus Confesiones que su madre, Santa Mónica, antes de morir le pidió solo una cosa: «Acordaos de mí ante el altar del Señor, dondequiera que estéis» (IX, 11). Y él mismo pide a sus lectores que recen por ella (IX, 13). En La Ciudad de Dios distingue a los que sufren penas temporales solo en esta vida, otros solo después de la muerte y otros en ambas, «antes de aquel severísimo y último juicio» (XXI, 13).
También los judíos rezan por sus difuntos, y las Iglesias orientales separadas de Roma desde hace siglos ofrecen oraciones y la Divina Liturgia por los muertos. La negación del purgatorio y de la oración por los difuntos es una novedad del siglo XVI.
Lo que enseña la Iglesia
El Concilio de Florencia (1439) enseña que, si los verdaderos penitentes mueren en la caridad de Dios antes de haber satisfecho por sus pecados, «sus almas son purificadas después de la muerte con penas purificatorias», y que les aprovechan los sufragios de los fieles vivos: las Misas, las oraciones, las limosnas y otras obras de piedad (DS 1304).
El Concilio de Trento (1563) enseña «que existe el purgatorio, y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles, y sobre todo por el aceptable sacrificio del altar» (DS 1820). Y pide a los obispos que se predique esta doctrina con sobriedad, evitando las cuestiones curiosas o inciertas.
Objeciones y respuestas
«La palabra «purgatorio» no aparece en la Biblia»
Tampoco aparecen las palabras «Trinidad» o «Encarnación», y son verdades reveladas. Lo que importa no es la palabra, sino la realidad que la Escritura enseña: la purificación después de la muerte de quienes se salvan «como a través del fuego» (1 Cor 3,15) y la utilidad de rezar por los difuntos (2 Mac 12,46).
«Los libros de los Macabeos no son inspirados»
Lo son. Estaban en la Biblia griega que usaban los Apóstoles, la Iglesia los leyó como Escritura desde los primeros siglos, y los concilios de Roma, Hipona y Cartago los incluyeron en el canon mucho antes de que existiera la controversia. Los reformadores los quitaron de la Biblia en el siglo XVI, en buena parte precisamente porque enseñaban la oración por los difuntos. Y aun quien no los considere inspirados debe reconocer que, como libros históricos, prueban que los judíos rezaban por sus muertos dos siglos antes de Cristo, y que Jesús nunca condenó esa práctica.
«Cristo pagó por todos nuestros pecados; el purgatorio niega su obra»
El purgatorio no añade nada a la obra de Cristo: es uno de sus frutos. Cristo nos mereció el perdón y la santificación; el purgatorio es la aplicación final de esa santificación a quienes no la completaron en vida. Hay que distinguir entre la culpa del pecado y la pena que queda después del perdón. El rey David se arrepintió de su adulterio y de su homicidio, y el profeta Natán le aseguró que Dios lo había perdonado. Pero en el mismo momento le anunció una pena:
Dijo entonces David a Natán: «He pecado contra Yahvé». Y respondió Natán a David: «Yahvé, por su parte ha perdonado tu pecado; no morirás. Pero puesto que con esta acción has dado a los enemigos de Yahvé ocasión de blasfemar, por eso el niño que te ha nacido morirá irremisiblemente».
2 Samuel 12,13-14
«El ladrón arrepentido fue al paraíso ese mismo día»
Es verdad (Lc 23,43), y nadie dice que todos tengan que pasar por el purgatorio. Quien muere perfectamente purificado, como el buen ladrón, que aceptó su muerte en unión con Cristo, entra enseguida en el cielo. El purgatorio es para los que mueren en gracia pero sin esa purificación completa.
En resumen
- Nada manchado entra en el cielo (Ap 21,27): para ver a Dios hay que estar perfectamente purificado.
- La Escritura enseña que es santo rezar por los difuntos (2 Mac 12,46) y que algunos se salvan «como a través del fuego» (1 Cor 3,15).
- Los cristianos rezan por sus difuntos desde el siglo II, como atestiguan las inscripciones, Tertuliano, Santa Perpetua y San Agustín.
- Los concilios de Florencia y Trento definieron la existencia del purgatorio y la utilidad de los sufragios, sobre todo de la Misa.
- El purgatorio no contradice la obra de Cristo: es la misericordia de Dios que termina de purificar a sus hijos.
Las citas bíblicas siguen la traducción de Mons. Johannes Straubinger. DS = Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum.
