¿Existe Dios?

Es la primera de todas las preguntas, porque de ella dependen las demás. La Iglesia responde con una afirmación que sorprende a muchos: la existencia de Dios no es solo materia de fe. La razón humana, por sí sola, puede conocerla con certeza.

Lo que enseña la Sagrada Escritura

La Escritura no se detiene a «demostrar» a Dios: lo da por evidente y llama necio a quien lo niega («El insensato dice en su corazón: “No hay Dios”», Sal 14,1). Pero enseña claramente que Dios se deja conocer por sus obras.

Los cielos atestiguan la gloria de Dios; y el firmamento predica las obras que Él ha hecho.

Salmo 19 (18),2

Vanidad son ciertamente todos los hombres en quienes no se halla la ciencia de Dios, y que por los bienes visibles no llegaron a conocer a Aquel que es; ni considerando las obras, reconocieron al artífice de ellas. […] Pues de la grandeza y hermosura de las creaturas, se puede a las claras venir al conocimiento de su Creador.

Sabiduría 13,1.5

San Pablo va más lejos: quien no reconoce a Dios en la creación «no tiene excusa».

Porque lo invisible de Él, su eterno poder y su divinidad, se hacen notorios desde la creación del mundo, siendo percibidos por sus obras, de manera que no tienen excusa; por cuanto conocieron a Dios y no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su insensato corazón fue oscurecido.

Romanos 1,20-21

Cuando predica a los paganos de Atenas, que no conocían la Biblia, el Apóstol no cita las Escrituras. Parte de lo que ellos mismos pueden ver y razonar:

El Dios que hizo el mundo y todo cuanto en él se contiene, este siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de mano […] para que buscasen a Dios, tratando a tientas de hallarlo, porque no está lejos de ninguno de nosotros; pues en Él vivimos y nos movemos y existimos.

Hechos 17,24.27-28

Lo que enseña la Iglesia

El Concilio Vaticano I definió como dogma de fe que «Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas» (constitución Dei Filius, cap. 2, DS 3004), y condenó a quien lo niegue (DS 3026). San Pío X precisó en el juramento antimodernista (1910) que Dios puede ser no solo conocido, sino también demostrado por la razón, como la causa por sus efectos (DS 3538).

Esto no significa que todos lleguen de hecho a conocer a Dios, ni que sea fácil. Por eso, añade el mismo Concilio, Dios quiso también revelarse, «para que lo que en las cosas divinas no es de suyo inaccesible a la razón humana pueda ser conocido por todos, aun en la condición presente del género humano, de modo expedito, con firme certeza y sin mezcla de error alguno» (DS 3005).

Las cinco vías de Santo Tomás

Santo Tomás de Aquino recogió lo mejor de la filosofía antigua, sobre todo de Aristóteles, y lo ordenó en cinco argumentos, que llamó «vías» (Suma Teológica, I, q. 2, a. 3). Todas parten de algo que cualquiera puede observar.

1. El movimiento

En el mundo hay cosas que cambian. Nada pasa por sí mismo de lo que puede ser a lo que es: el agua no se calienta sola, la calienta el fuego. Todo lo que cambia es cambiado por otro. Pero esa cadena no puede ir al infinito, porque entonces no habría un primero que pusiera en marcha a los demás, y nada se movería. Es necesario llegar a un primer motor inmóvil, que mueve sin ser movido.

2. La causa eficiente

Nada es causa de sí mismo, porque tendría que existir antes de existir. Toda cosa que existe ha sido producida por otra, y esta por otra. Si no hubiera una causa primera, no habría ninguna de las siguientes, y nada existiría. Pero las cosas existen.

3. Lo contingente y lo necesario

Las cosas que vemos nacen y mueren: pueden existir y pueden no existir. Si todo fuera así, alguna vez no habría habido nada, y de la nada nada sale. Tiene que haber un ser necesario, que exista por sí mismo y no pueda dejar de existir.

4. Los grados de perfección

Decimos que una cosa es más buena, más verdadera o más noble que otra. Ese «más» y ese «menos» suponen una medida: algo que sea sumamente bueno, verdadero y noble, y que sea causa de la bondad y del ser de todo lo demás.

5. El orden del universo

Las cosas que no tienen inteligencia, como los astros, las plantas o las leyes de la química, obran siempre o casi siempre de modo ordenado hacia un fin. Eso no puede ser casualidad: la flecha no llega al blanco sin el arquero. Existe una inteligencia ordenadora que dirige todas las cosas a su fin.

Santo Tomás termina cada vía con la misma frase: «y a esto todos lo llaman Dios».

Objeciones y respuestas

«Si todo tiene una causa, ¿quién causó a Dios?»

El argumento no dice que todo tenga una causa, sino que todo lo que comienza a existir, o lo que puede no existir, necesita una causa. Dios no comenzó ni puede dejar de ser: es el Ser mismo. Preguntar quién causó a Dios es como preguntar quién encendió la luz del sol en el sol. Por eso Dios se revela a Moisés con este nombre: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14).

«La ciencia ya explica el universo; Dios no hace falta»

La ciencia explica cómo funcionan las cosas, no por qué existen. Las leyes de la física describen el comportamiento de la materia, pero no pueden explicar por qué hay materia, ni por qué hay leyes. Además, entre la fe y la ciencia no hay oposición: la teoría del origen del universo conocida como «Big Bang» la propuso en 1927 el sacerdote católico belga Georges Lemaître. El Concilio Vaticano I lo enseña claramente: «aunque la fe esté por encima de la razón, nunca puede haber verdadero desacuerdo entre la fe y la razón, porque el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe dio al espíritu humano la luz de la razón» (DS 3017).

«Si Dios existe, ¿por qué hay mal en el mundo?»

Es la objeción más seria, y Santo Tomás la pone al principio de su artículo. Su respuesta, tomada de San Agustín, es que Dios, por ser sumamente bueno, no permitiría ningún mal si no fuera tan poderoso y tan bueno que de ese mal pudiera sacar un bien mayor. El mal no es una cosa creada por Dios, sino la privación de un bien. Buena parte del mal en el mundo nace del abuso de la libertad humana, y Dios quiso crear seres libres, capaces de amarlo de verdad. El mayor mal de la historia, la crucifixión del Hijo de Dios, fue el camino de la mayor obra de Dios: nuestra redención.

Por otra parte, la objeción se vuelve contra sí misma. Si no hay Dios, no hay medida objetiva del bien, y entonces tampoco se puede llamar «mal» a nada. Que nos rebelemos ante el mal muestra que conocemos un bien que está por encima de nosotros.

«No puedo ver a Dios, luego no existe»

Tampoco vemos la inteligencia de un hombre, ni la gravedad, ni el amor de una madre; los conocemos por sus efectos. Dios no es una cosa más dentro del mundo, que podamos poner bajo un microscopio. Es la causa del mundo entero, y lo conocemos por sus obras, como al pintor por su cuadro.

En resumen

  • La existencia de Dios puede conocerse con certeza por la razón natural (Vaticano I, DS 3004).
  • La creación entera es un testimonio de su Creador (Sab 13; Rom 1,20).
  • Las cinco vías de Santo Tomás muestran que el movimiento, las causas, la existencia, la perfección y el orden del mundo exigen un primer principio, «al que todos llaman Dios».
  • La ciencia no se opone a la fe: estudia el cómo de las cosas; la filosofía y la fe responden al porqué.
  • Conocer que Dios existe es el primer paso. Para conocer quién es Él íntimamente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, hace falta que Él mismo se revele.

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Las citas bíblicas siguen la traducción de Mons. Johannes Straubinger. DS = Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum.