¿Es idolatría venerar imágenes y pedir a los santos?

«Los católicos adoran imágenes y rezan a los muertos». Es una acusación muy repetida, que suele apoyarse en el primer mandamiento: «No te harás escultura ni imagen alguna». Pero la Iglesia no adora imágenes ni santos: adora solo a Dios. Venera las imágenes por lo que representan y pide a los santos que intercedan, como se pide a un amigo que rece por nosotros. Ambas cosas tienen fundamento en la Escritura y en la práctica de los primeros cristianos.

Las imágenes sagradas

Lo que prohíbe el mandamiento

No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque Yo soy Yahvé, tu Dios.

Éxodo 20,4-5

El mandamiento prohíbe hacer imágenes para adorarlas como dioses: «no te postrarás ante ellas ni les darás culto». Si prohibiera toda imagen, Dios se habría contradicho a sí mismo, porque pocos capítulos después manda hacer imágenes para su propio culto.

Lo que Dios mismo mandó hacer

En el lugar más santo de Israel, sobre el Arca de la Alianza, Dios mandó poner dos querubines de oro:

Harás, además, dos querubines de oro; los harás de oro labrado a martillo, en los dos extremos del propiciatorio. […] Allí me encontraré contigo, y desde encima del propiciatorio, de en medio de los dos querubines colocados sobre el Arca del Testimonio, te intimaré todas mis órdenes.

Éxodo 25,18.22

Salomón, siguiendo el plan recibido de Dios, llenó el Templo de imágenes: dos grandes querubines en el Santísimo (1 Re 6,23) y querubines, palmeras y flores esculpidos en las paredes y las puertas (1 Re 6,29-35).

Dios mandó también a Moisés hacer una serpiente de bronce para curar a los israelitas mordidos en el desierto:

Hizo, pues, Moisés una serpiente de bronce, y la puso sobre un asta, y quienquiera que mordido por una serpiente dirigía su mirada a la serpiente de bronce se curaba.

Números 21,9

Jesús mismo tomó esa imagen como figura de su Cruz: «Y como Moisés, en el desierto, levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado» (Jn 3,14).

La misma serpiente muestra dónde está el límite. Siglos más tarde, cuando el pueblo empezó a quemarle incienso como a un dios, el rey Ezequías la destruyó (2 Re 18,4). Lo malo no era la imagen, sino adorarla.

La Encarnación cambió las cosas

En el Antiguo Testamento, Dios no se había mostrado con ninguna figura (Dt 4,15). Pero en Jesucristo el Dios invisible se hizo visible: «el que me ha visto, ha visto a mi Padre» (Jn 14,9). Por eso los cristianos pueden representar a Cristo. San Juan Damasceno, el gran defensor de las imágenes en el siglo VIII, lo explicó así: «Antiguamente Dios, sin cuerpo ni figura, no podía ser representado de ningún modo. Pero ahora que Dios se ha manifestado en la carne y ha convivido con los hombres, represento lo que de Dios se ha hecho visible. No venero la materia, sino al Creador de la materia, que por mí se hizo materia» (Discursos contra los que rechazan las imágenes, I, 16).

Lo que enseña la Iglesia

Las catacumbas de Roma, de los siglos II y III, están llenas de pinturas de Cristo como Buen Pastor, de la Virgen con el Niño y de escenas bíblicas. Cuando en el siglo VIII los emperadores iconoclastas de Bizancio mandaron destruir las imágenes, el Concilio de Nicea II (787) definió que las imágenes de Cristo, de la Virgen, de los ángeles y de los santos deben ser veneradas, «porque el honor tributado a la imagen pasa a su original, y quien venera una imagen venera a la persona representada en ella». Y precisó que esa veneración no es la verdadera adoración (latría), «que según nuestra fe solo conviene a la naturaleza divina» (DS 601).

El Concilio de Trento repite que no se cree que haya en las imágenes «divinidad o virtud alguna por la que deban ser veneradas», ni se les pide nada, ni se pone en ellas la confianza, como hacían los paganos con sus ídolos (DS 1823).

Es lo mismo que hace cualquier persona que guarda la fotografía de su madre y la besa: no ama el papel, sino a su madre.

La intercesión de los santos

Rezar unos por otros es bueno y agradable a Dios

Exhorto ante todo a que se hagan súplicas, oraciones, rogativas y acciones de gracias por todos los hombres.

1 Timoteo 2,1

Por tanto, confesaos unos a otros los pecados y orad unos por otros para que seáis sanados: mucho puede la oración vigorosa del justo.

Santiago 5,16

Ningún cristiano piensa que pedir a un hermano que rece por él ofenda a Cristo. Los santos son los hermanos más «justos» que tenemos, y su oración «puede mucho».

Los santos están vivos y unidos a nosotros

Dios no es Dios de muertos, sino de vivientes.

San Mateo 22,32

Por esto también nosotros, teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, arrojemos toda carga y pecado que nos asedia.

Hebreos 12,1

La muerte no rompe la unión de los miembros del Cuerpo de Cristo. Es lo que confesamos en el Credo: «creo en la comunión de los santos».

Los santos del cielo presentan nuestras oraciones

Los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada cual una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.

Apocalipsis 5,8

Y el humo de los perfumes subió con las oraciones de los santos de la mano del ángel a la presencia de Dios.

Apocalipsis 8,4

El segundo libro de los Macabeos muestra a un justo ya difunto rezando por el pueblo: en una visión, el sumo sacerdote Onías presenta al profeta Jeremías como «el amante de sus hermanos y del pueblo de Israel; este es Jeremías, profeta de Dios, que ruega incesantemente por el pueblo y por toda la Ciudad Santa» (2 Mac 15,14). E incluso el rico de la parábola, desde el lugar de los muertos, se preocupa por sus hermanos que siguen en la tierra (Lc 16,27-28).

Lo que hicieron los primeros cristianos

Desde el siglo II, los cristianos celebraban el aniversario de la muerte de los mártires junto a sus tumbas. Lo atestigua el Martirio de San Policarpo (hacia 156): «Allí, en cuanto sea posible, el Señor nos concederá reunirnos con gozo y alegría para celebrar el día natalicio de su martirio» (18). Las inscripciones de las catacumbas piden a los difuntos que rueguen por los vivos: «Pedro y Pablo, rogad por Víctor», «ruega por nosotros».

Objeciones y respuestas

«Hay un solo mediador (1 Timoteo 2,5)»

Cristo es el único mediador de la redención: solo Él, Dios y hombre, nos reconcilió con el Padre. Pero el mismo San Pablo, en el mismo pasaje, pide que recemos unos por otros (1 Tim 2,1). La intercesión de los santos no compite con la mediación de Cristo; depende de ella. Los santos no tienen nada que no hayan recibido de Él, y lo que piden lo piden por Él.

«La Biblia prohíbe consultar a los muertos (Deuteronomio 18,10-11)»

No se halle en medio de ti quien […] consulte a espíritus y adivinos, o pregunte a los muertos.

Deuteronomio 18,10-11

El texto condena la nigromancia, que intenta obtener de los difuntos, mediante prácticas ocultas, conocimientos sobre el futuro. Nada tiene que ver con pedir a los santos que recen a Dios por nosotros. El católico no «consulta» a los santos ni espera de ellos respuestas: les pide que intercedan ante Dios, que es el único que concede las gracias.

«Los santos no pueden oírnos»

Los santos en el cielo no ven las cosas por sus propias fuerzas, sino en Dios, que lo sabe todo y les comunica lo que quiere. El Apocalipsis los muestra al tanto de lo que sucede en la tierra (Ap 6,9-10) y presentando ante Dios las oraciones de los fieles (Ap 5,8). Si los ángeles del cielo se alegran por un pecador que se convierte (Lc 15,10), es porque lo saben.

«Basta con rezar directamente a Dios»

Claro que se puede y se debe rezar directamente a Dios, y la mayor parte de la oración católica, empezando por la Misa, se dirige a Él. Pero Dios ha querido que nos ayudemos unos a otros, también en la oración. Quien pide la intercesión de los santos no reza menos a Dios: reza a Dios con toda la Iglesia del cielo y de la tierra.

En resumen

  • El primer mandamiento prohíbe adorar imágenes como dioses, no hacer imágenes: Dios mismo mandó hacer querubines y la serpiente de bronce.
  • Desde la Encarnación, el Dios invisible se hizo visible y puede ser representado.
  • La Iglesia venera las imágenes por las personas que representan, y adora solo a Dios (Nicea II, DS 601).
  • Pedir la intercesión de los santos es pedir a nuestros hermanos del cielo que recen por nosotros, como lo hacemos con los de la tierra.
  • Los santos están vivos en Dios (Mt 22,32) y presentan nuestras oraciones ante su trono (Ap 5,8).

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Las citas bíblicas siguen la traducción de Mons. Johannes Straubinger. DS = Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum.