La fe cristiana se apoya entera en esta verdad: Jesús de Nazaret no es solo un gran maestro, un profeta o un hombre excepcional. Es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, verdadero Dios y verdadero hombre. Si no lo fuera, el cristianismo sería una idolatría, porque adora a un hombre. Si lo es, todo lo que Él dijo tiene la autoridad de Dios.
Lo que Jesús dijo de sí mismo
Jesús rara vez dijo la frase «Yo soy Dios», que en boca de un judío habría sonado a confundirse con el Padre. Pero dijo y hizo cosas que solo Dios puede decir y hacer, y sus oyentes lo entendieron perfectamente.
Se aplicó el nombre de Dios. Cuando Dios reveló su nombre a Moisés, dijo: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14). Jesús usa ese mismo nombre, y por eso intentan apedrearlo:
Díjoles Jesús: «En verdad, en verdad os digo: Antes que Abrahán existiera, Yo soy». Entonces tomaron piedras para arrojarlas sobre Él.
San Juan 8,58-59
Se hizo igual al Padre.
Yo y mi Padre somos uno. De nuevo los judíos recogieron piedras para lapidarlo. […] Los judíos le respondieron: «No por obra buena te apedreamos, sino porque blasfemas, y siendo hombre, te haces a Ti mismo Dios».
San Juan 10,30-33
Con lo cual los judíos buscaban todavía más hacerlo morir, no solamente porque no observaba el sábado, sino porque llamaba a Dios su padre, igualándose de este modo a Dios.
San Juan 5,18
Perdonó los pecados. Los escribas razonan bien: solo Dios puede perdonar las ofensas hechas contra Dios. Jesús no les dice que se equivocan; les demuestra con un milagro que Él tiene ese poder.
«¿Cómo habla Este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino solo Dios?» […] «¡Pues bien! para que sepáis que el Hijo del hombre tiene el poder de remitir los pecados, sobre la tierra —dijo al paralítico—: te lo digo, levántate, toma tu camilla y vuélvete a tu casa».
San Marcos 2,7.10-11
Se declaró Señor del sábado, la ley que Dios mismo había dado (Mc 2,28), y pidió para sí el mismo honor que se debe al Padre: «a fin de que todos honren al Hijo como honran al Padre» (Jn 5,23).
Aceptó ser adorado. Cuando Cornelio se postra ante San Pedro, el Apóstol lo levanta: «Levántate, porque yo también soy hombre» (Hch 10,26). Cuando San Juan se postra ante un ángel, este lo detiene: «Guárdate de hacerlo […]. A Dios adora» (Ap 22,9). Jesús, en cambio, recibe la adoración sin corregirla: la de los discípulos en la barca (Mt 14,33), la del ciego de nacimiento (Jn 9,38) y la de las mujeres después de la resurrección (Mt 28,9).
Fue condenado por decirlo. Ante el Sanedrín, el sumo sacerdote le pregunta directamente:
«¿Eres Tú el Cristo, el Hijo del Bendito?» Jesús respondió: «Yo soy. Y veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder, y viniendo en las nubes del cielo». Entonces, el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos, y dijo: «¿Qué necesidad tenemos ahora de testigos? Vosotros acabáis de oír la blasfemia».
San Marcos 14,61-64
Lo que enseñaron los Apóstoles
En el principio el Verbo era, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios. […] Por Él, todo fue hecho, y sin Él nada se hizo de lo que ha sido hecho. […] Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros.
San Juan 1,1.3.14
Tomás respondió y le dijo: «¡Señor mío y Dios mío!»
San Juan 20,28
El cual, siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo.
Filipenses 2,6-7
Porque en Él habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente.
Colosenses 2,9
Aguardando la dichosa esperanza y la aparición de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo.
Tito 2,13
Lo que creyeron los primeros cristianos
La divinidad de Cristo no es una invención tardía del Concilio de Nicea, como a veces se dice. San Ignacio de Antioquía, discípulo de los Apóstoles, escribe hacia el año 107 sobre «nuestro Dios, Jesucristo» (Carta a los efesios, 18). Hacia el año 112, un gobernador romano pagano, Plinio el Joven, informa al emperador Trajano de que los cristianos se reúnen antes del amanecer para cantar himnos «a Cristo como a un dios» (Cartas, X, 96).
Cuando en el siglo IV el presbítero Arrio enseñó que el Hijo era una criatura, la más excelsa pero criatura, el Concilio de Nicea (325) no inventó una doctrina nueva: defendió la fe que la Iglesia había recibido y la expresó con una palabra precisa. El Hijo es «consustancial» (homoousios) al Padre, «Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho» (DS 125). El Concilio de Calcedonia (451) completó la definición: en Cristo hay una sola Persona, la del Hijo de Dios, en dos naturalezas, divina y humana, «sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación» (DS 302).
El argumento clásico: o Dios, o no es bueno
Muchos dicen respetar a Jesús como «un gran maestro moral», pero sin aceptar que sea Dios. Es la única postura que la lógica no permite. Un hombre que dice ser anterior a Abrahán, que perdona los pecados de los demás, que exige ser amado más que el padre y la madre y que acepta ser adorado, no es un buen maestro. Si dice la verdad, es Dios. Si sabe que miente, es un impostor; si cree sinceramente algo tan falso, ha perdido el juicio. Los antiguos lo resumían así: aut Deus, aut homo non bonus, «o es Dios, o no es un hombre bueno». En el siglo XX este razonamiento lo popularizó el escritor C. S. Lewis.
Nadie que lea los Evangelios con honradez puede considerar a Jesús un loco ni un embustero: su sabiduría, su santidad y su dominio de sí lo desmienten. Queda la única conclusión posible.
La prueba de la resurrección
Jesús anunció que resucitaría al tercer día como señal de su verdad (Mt 12,40; Jn 2,19). San Pablo, escribiendo unos veinticinco años después de los hechos, enumera testigos que todavía vivían y podían ser interrogados:
Que fue sepultado; y que fue resucitado al tercer día, conforme a las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los Doce. Luego fue visto por más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales la mayor parte viven hasta ahora; mas algunos murieron ya.
1 Corintios 15,4-6
Los Apóstoles, que habían huido la noche de la Pasión, se presentaron después a predicar en la misma Jerusalén donde estaba el sepulcro, y murieron mártires por afirmar que lo habían visto vivo. Nadie da la vida por lo que sabe que es mentira.
Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe.
1 Corintios 15,14
Objeciones y respuestas
«Jesús dijo que el Padre es mayor que Él»
Si me amaseis, os alegraríais de que voy al Padre, porque el Padre es más grande que Yo.
San Juan 14,28
Jesús habla aquí según su naturaleza humana. Como hombre, es menor que el Padre; como Dios, es igual a Él. El Símbolo Quicumque, uno de los credos más antiguos de la Iglesia, lo dice con exactitud: Cristo es «igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad» (DS 76). El mismo Jesús que dice «el Padre es más grande que Yo» dice también «Yo y mi Padre somos uno» y «el que me ha visto, ha visto a mi Padre» (Jn 14,9). Las dos cosas son verdad a la vez.
«Juan 1,1 dice que el Verbo era «un dios»»
Así traducen algunas sectas, como los Testigos de Jehová, porque en griego la palabra theós no lleva ahí artículo. Pero el mismo evangelio usa theós sin artículo para referirse al Dios verdadero en otros versículos (Jn 1,6.12.13.18), y nadie traduce ahí «un dios». Además, Juan dice a continuación que todo fue hecho por el Verbo, y que sin Él nada se hizo (Jn 1,3). Si el Verbo hubiera sido hecho, se habría hecho a sí mismo. Y la Escritura no conoce «dioses menores» dignos de culto: «A Dios adora» (Ap 22,9).
«Jesús oraba al Padre; si fuera Dios, ¿se rezaría a sí mismo?»
Jesús ora al Padre, no a sí mismo, porque el Padre y el Hijo son Personas distintas, aunque son un solo Dios. Y ora como hombre, porque al hacerse hombre asumió todo lo humano, también la oración, la obediencia y la confianza filial. Justamente por eso es el modelo perfecto de nuestra oración.
En resumen
- Jesús se aplicó el nombre divino («Yo soy»), se hizo igual al Padre, perdonó pecados y aceptó ser adorado.
- Sus enemigos lo entendieron y lo condenaron a muerte por blasfemia, porque se hacía Dios.
- Los Apóstoles lo proclamaron Dios (Jn 1,1; 20,28; Flp 2,6; Col 2,9; Tit 2,13), y así lo adoraron los primeros cristianos.
- O es Dios, o no es un hombre bueno: la tercera vía no existe.
- Su resurrección, atestiguada por cientos de testigos, confirma todo lo que dijo.
Las citas bíblicas siguen la traducción de Mons. Johannes Straubinger. DS = Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum.
