¿Está Cristo realmente presente en la Eucaristía?

La Iglesia católica enseña que en la Eucaristía, después de la consagración, ya no hay pan ni vino, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, bajo las apariencias del pan y del vino. Para la mayoría de los protestantes, la Cena del Señor es solo un símbolo o un recuerdo. La diferencia no es pequeña: si Cristo está realmente presente, la Eucaristía merece la adoración debida a Dios; si no lo está, adorarla sería idolatría. La Escritura y toda la tradición cristiana responden con claridad.

El discurso del Pan de vida (San Juan 6)

Al día siguiente de la multiplicación de los panes, Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaúm un discurso que se va haciendo cada vez más concreto.

Yo soy el pan, el vivo, el que bajó del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre, y por lo tanto el pan que Yo daré es la carne mía para la vida del mundo.

San Juan 6,51

Sus oyentes lo entienden literalmente y se escandalizan: «¿Cómo puede este darnos la carne a comer?» (Jn 6,52). Cuando alguien entendía mal una figura, Jesús solía aclarar el malentendido: lo hizo con Nicodemo (Jn 3,3-6) y con los discípulos cuando hablaba de la «levadura» de los fariseos (Mt 16,6-12). Aquí, en cambio, insiste con más fuerza todavía, y con un solemne «en verdad, en verdad»:

Díjoles, pues, Jesús: «En verdad, en verdad, os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis la sangre del mismo, no tenéis vida en vosotros. El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día. Porque la carne mía verdaderamente es comida y la sangre mía verdaderamente es bebida. El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, en Mí permanece y Yo en él».

San Juan 6,53-56

En el texto griego, a partir del versículo 54 el evangelista deja de usar el verbo corriente para «comer» y usa trógo, que significa masticar, comer con los dientes. Y dice que su carne es comida «verdaderamente».

El resultado es el más dramático de todo el Evangelio:

Después de haberlo oído, muchos de sus discípulos dijeron: «Dura es esta doctrina: ¿Quién puede escucharla?». […] Desde aquel momento muchos de sus discípulos volvieron atrás y dejaron de andar con Él. Entonces Jesús dijo a los Doce: «¿Queréis iros también vosotros?» Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna».

San Juan 6,60.66-68

Jesús deja que se vayan muchos discípulos antes que rebajar sus palabras. No lo habría hecho si solo hubiera hablado en sentido figurado: le habría bastado con aclararlo.

La Última Cena

Mientras comían, pues, ellos, tomando Jesús pan, y habiendo bendecido partió y dio a los discípulos diciendo: «Tomad, comed, este es el cuerpo mío». Y tomando un cáliz, y habiendo dado gracias, dio a ellos, diciendo: «Bebed de él todos, porque esta es la sangre mía de la Alianza, la cual por muchos se derrama para remisión de pecados».

San Mateo 26,26-28

Jesús no dice «esto representa mi cuerpo», sino «esto es mi cuerpo». Y no lo dice en una parábola, sino en la cena de despedida, al instituir la Nueva Alianza y dar a los Apóstoles su último mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19). Los tres evangelios sinópticos y San Pablo transmiten estas palabras casi idénticas.

San Pablo

El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?

1 Corintios 10,16

De modo que quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Pero pruébese cada uno a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo (del Señor), come y bebe su propia condenación.

1 Corintios 11,27-29

Nadie se hace «reo del cuerpo» de una persona por faltar el respeto a un símbolo suyo. Y no «hacer distinción del Cuerpo» es no reconocer que lo que se come no es pan corriente.

Lo que creyeron los primeros cristianos

San Ignacio de Antioquía (hacia 107), discípulo de los Apóstoles, escribe sobre ciertos herejes: «Se abstienen de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la que padeció por nuestros pecados, la que el Padre, por su bondad, resucitó» (Carta a los esmirniotas, 7).

San Justino Mártir (hacia 155) explica al emperador romano la Misa del domingo: «No tomamos estas cosas como pan común ni bebida común, sino que, así como Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por la palabra de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación, así se nos ha enseñado que el alimento sobre el que se ha dado gracias […] es la carne y la sangre de aquel Jesús encarnado» (Primera Apología, 66).

San Ireneo de Lyon (hacia 180): «¿Cómo dicen que la carne va a la corrupción y no participa de la vida, si es alimentada por el cuerpo y la sangre del Señor?» (Contra las herejías, IV, 18, 5).

San Cirilo de Jerusalén (hacia 350) enseña a los recién bautizados: «No consideres el pan y el vino como simples elementos, porque son el cuerpo y la sangre de Cristo, según la afirmación del Señor. Aunque los sentidos te sugieran otra cosa, que la fe te dé la certeza» (Catequesis mistagógicas, IV, 6).

Durante más de mil años nadie en la Iglesia negó la presencia real. Cuando Berengario de Tours la puso en duda en el siglo XI, provocó un escándalo universal y terminó retractándose. Hasta hoy, también las Iglesias ortodoxas orientales, separadas de Roma desde 1054, creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Lo que enseña la Iglesia

El IV Concilio de Letrán (1215) enseña que el cuerpo y la sangre de Cristo «se contienen verdaderamente en el sacramento del altar bajo las especies de pan y vino, transustanciados el pan en el cuerpo y el vino en la sangre por el poder divino» (DS 802).

El Concilio de Trento definió que en la Eucaristía «se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre juntamente con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y por consiguiente, Cristo entero» (DS 1651). Y que por la consagración se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia del vino en la de su sangre, conversión que la Iglesia llama con toda propiedad transustanciación (DS 1642, 1652). Por eso el Santísimo Sacramento debe ser adorado con el culto de latría, el que se debe solo a Dios (DS 1656).

El mismo Concilio enseña que la Santa Misa es un verdadero sacrificio: el mismo sacrificio de la Cruz, hecho presente de modo incruento (DS 1740, 1743, 1751). Así se cumple la profecía de Malaquías sobre la «ofrenda pura» que se ofrecería al Nombre de Dios «en todo lugar», desde el oriente hasta el occidente (Mal 1,11), que ya la Didaché aplicaba a la Eucaristía en el siglo I (14, 3).

Objeciones y respuestas

«Jesús dijo que la carne no aprovecha de nada (Juan 6,63)»

El espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha. Las palabras que Yo os he dicho, son espíritu y son vida.

San Juan 6,63

Jesús no dice «mi carne para nada aprovecha». Eso contradiría lo que acaba de decir: «el que come mi carne tiene vida eterna». En la Escritura, «la carne» designa a menudo la manera de pensar meramente humana, sin la luz de Dios (Mt 16,17; Jn 8,15). Jesús reprocha a quienes juzgan sus palabras «según la carne», como si fuera a darles su cuerpo en trozos, al modo de los caníbales. Por eso habla a continuación de los que «no creen» (Jn 6,64). Y los que se fueron no entendieron el versículo 63 como una aclaración tranquilizadora, porque se marcharon igualmente.

«Comer su carne significa leer la Biblia y creer en su palabra»

Es una interpretación imposible. Cuando Jesús habló en Cafarnaúm, el Nuevo Testamento no existía: no podía estar mandando leer unos libros que se escribirían décadas después. Además, Jesús distingue el pan que Él da de su palabra: «el pan que Yo daré es la carne mía para la vida del mundo» (Jn 6,51), y lo dará en el futuro, en la Última Cena y en la Cruz. Y ningún oyente se marchó escandalizado porque le pidieran creer en las palabras de un maestro.

Cuando los discípulos entendían mal una figura, Jesús los corregía. Cuando dijo que Lázaro «se ha dormido» y ellos pensaron en el sueño, «les dijo claramente: Lázaro ha muerto» (Jn 11,11-14). En Cafarnaúm no corrigió nada.

Por último, los paganos acusaban a los primeros cristianos de canibalismo, precisamente porque oían que en sus reuniones «comían la carne y bebían la sangre» de alguien. Nadie habría pensado en canibalismo si los cristianos solo hubieran dicho que leían libros sagrados.

«Jesús también dijo «Yo soy la puerta» o «Yo soy la vid», y no lo entendemos literalmente»

Es verdad, pero en esos casos nadie se escandalizó ni se marchó, porque el sentido figurado era evidente. En el capítulo 6 de San Juan, en cambio, los oyentes entienden en sentido literal, Jesús insiste en ese sentido y los deja marchar. Además, en el lenguaje de la Biblia, «comer la carne» de alguien en sentido figurado significaba calumniarlo o hacerle daño (Sal 27,2; Miq 3,3). Si Jesús hablara en figura, estaría diciendo: «el que me calumnia tendrá vida eterna». Isaías usa la misma imagen para la guerra civil del pueblo: «come cada cual la carne de su brazo» (Is 9,20).

«»Haced esto en memoria mía»: es solo un recuerdo»

En la Biblia, «memoria» (en griego anámnesis) no es un simple acto de recordar algo pasado. Es la celebración que hace presente lo que se recuerda, como la Pascua judía hacía presente a cada generación la liberación de Egipto (Ex 12,14). Y el mismo San Pablo que transmite estas palabras dice que quien come indignamente es «reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Cor 11,27).

«El sacrificio de Cristo fue una sola vez (Hebreos 10,14); la Misa no puede repetirlo»

Porque con una sola oblación ha consumado para siempre a los santificados.

Hebreos 10,14

La Iglesia no enseña que la Misa sea un nuevo sacrificio que se añade al de la Cruz, ni que lo repita. Enseña que es el mismo y único sacrificio de la Cruz, hecho presente sobre el altar. Es la misma víctima y el mismo sacerdote principal, Cristo; solo cambia el modo de ofrecerse, ahora sin derramamiento de sangre (Trento, DS 1743). Por eso la misma Carta a los Hebreos dice: «Tenemos un altar» (Heb 13,10).

«Aquella noche Jesús no derramó sangre: hablaba en figura de lo que pasaría en la Cruz»

Hay que leer con atención el texto. Jesús no dice «esta es mi sangre que se derramará», en futuro, sino que habla en presente:

Y asimismo el cáliz, después que hubieron cenado, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que se derrama para vosotros».

San Lucas 22,20

En el texto griego de San Lucas, «que se derrama» (ekchynnómenon) está en presente y concierta con «el cáliz»: lo que se derrama es lo que está en el cáliz. San Mateo dice lo mismo: «esta es la sangre mía de la Alianza, la cual por muchos se derrama» (Mt 26,28), y San Lucas, del pan: «Este es el cuerpo mío, el que se da para vosotros» (Lc 22,19). Quien exige leer la Biblia «literalmente» debe aceptar también los tiempos de los verbos. Las versiones protestantes más usadas, como la Reina-Valera, conservan aquí el presente.

Jesús no «representaba» en la Cena un sacrificio futuro: ofrecía ya, de modo sacramental, el mismo cuerpo que al día siguiente se entregaría en la Cruz y la misma sangre que allí se derramaría. Por eso la Iglesia enseña que en la Última Cena Cristo instituyó el sacrificio de la Misa y ordenó sacerdotes a los Apóstoles con las palabras «haced esto en memoria mía» (Trento, DS 1740, 1752).

«La Cena es solo un recuerdo, un símbolo»

Llevemos la objeción hasta sus últimas consecuencias. Si el pan fuera solo pan que nos recuerda a Cristo:

  • ¿Cómo podría alguien hacerse «reo del cuerpo y de la sangre del Señor» por comer pan sin la debida disposición (1 Cor 11,27)? Nadie es culpable de homicidio por romper la fotografía de una persona.
  • ¿Por qué San Pablo atribuye a las comuniones indignas enfermedades y muertes? «Por esto hay entre vosotros muchos débiles y enfermos, y muchos que mueren» (1 Cor 11,30). Nadie enferma por faltar al respeto a un recuerdo.
  • ¿Por qué Jesús dejó marchar a tantos discípulos en Cafarnaúm (Jn 6,66), si le bastaba con aclarar que hablaba en sentido figurado?
  • ¿Qué tendría de grande el don prometido? El maná del desierto era un pan milagroso bajado del cielo. Si la Eucaristía fuera solo pan con un significado, sería menos que el maná, y Jesús dice que es más: «no como aquel que comieron los padres, los cuales murieron» (Jn 6,58).

La interpretación simbólica no es la lectura más literal ni la más sencilla de la Biblia. Es una lectura que obliga a quitar fuerza a cada una de estas palabras.

«Si Cristo estuviera realmente presente, los impíos y los demonios no se atreverían a profanarlo»

La objeción olvida el misterio central de nuestra fe. Cristo estaba realmente presente en su carne mortal, y aun así se dejó tocar por manos sacrílegas:

Entonces lo escupieron en la cara, y lo golpearon, y otros lo abofetearon.

San Mateo 26,67

A estas palabras, uno de los satélites, que se encontraba junto a Jesús, le dio una bofetada.

San Juan 18,22

Que lo escupieran, lo azotaran y lo crucificaran no prueba que Jesús no fuera Dios. Prueba hasta dónde llega su humildad y su amor. En la Eucaristía, Cristo se entrega con la misma indefensión: se pone en nuestras manos y se expone a ser recibido mal. San Pablo da por supuesto que eso puede ocurrir, cuando habla de quien come «indignamente» (1 Cor 11,27). Y el Evangelio cuenta que, en la misma Última Cena, después de recibir el bocado de manos de Jesús, «entró en él Satanás» (Jn 13,27).

Por eso la profanación de la Eucaristía es un pecado tan grave: no se ofende un símbolo, sino a Cristo mismo. Nadie arriesga la condenación eterna por profanar un trozo de pan corriente. Los sacrilegios contra la Hostia consagrada, que se repiten a lo largo de la historia, muestran que también los enemigos de Dios saben lo que hay en ella.

En resumen

  • En Jn 6, Jesús insiste en que hay que comer su carne y beber su sangre, y deja marchar a muchos discípulos antes que rebajar sus palabras.
  • En la Última Cena dijo: «Esto es mi cuerpo», no «esto representa».
  • San Pablo enseña que quien comulga indignamente es «reo del cuerpo y de la sangre del Señor».
  • Los primeros cristianos (San Ignacio, San Justino, San Ireneo, San Cirilo) creían en la presencia real, y nadie la negó durante más de mil años.
  • En la Cena, Jesús habla de su sangre que «se derrama» en presente: ofrecía ya el sacrificio de la Cruz de modo sacramental.
  • Que Cristo pueda ser profanado en la Eucaristía no prueba que no esté: también se dejó abofetear y crucificar.
  • La Iglesia enseña la transustanciación, adora a Cristo en el Santísimo Sacramento y celebra en la Misa el mismo sacrificio de la Cruz.

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Las citas bíblicas siguen la traducción de Mons. Johannes Straubinger. DS = Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum.