Muchos católicos aman la Misa tradicional en latín, la que se celebraba en toda la Iglesia antes de la reforma litúrgica de 1969-1970, y la prefieren a la forma nueva del rito romano, llamada Novus Ordo o Misa de Pablo VI. A menudo se les acusa de «negar la Misa» o de despreciar la Iglesia. Otros, en el extremo contrario, llegan a afirmar que la Misa nueva no es válida. Para responder con justicia hay que distinguir dos cuestiones que suelen confundirse: la validez de un rito y su dignidad, es decir, la reverencia y la claridad con que expresa la fe.
La validez: ¿hay verdadera Misa?
Un sacramento es válido cuando se realiza de verdad. Para la Santa Misa se requieren:
- un ministro válidamente ordenado sacerdote;
- la materia debida: pan de trigo y vino de uva;
- la forma: las palabras de la consagración;
- la intención de hacer lo que hace la Iglesia.
Cuando se cumplen estas condiciones, Cristo se hace realmente presente y se ofrece el sacrificio, sea cual sea el rito: romano tradicional, romano nuevo, bizantino, ambrosiano o mozárabe. Por eso es contrario a la fe católica sostener que la Misa de Pablo VI, celebrada debidamente, sea inválida: allí está realmente el Cuerpo de Cristo, y hay que adorarlo.
La dignidad: no todos los modos de celebrar valen lo mismo
Pero que una Misa sea válida no significa que todo dé igual. Una Misa válida puede celebrarse con gran reverencia o con descuido; con oraciones que expresan claramente el sacrificio o con otras que lo dejan en la penumbra; con canto gregoriano o con música profana. La forma de celebrar no es indiferente, porque enseña:
Ut legem credendi lex statuat supplicandi: que la ley de la oración establezca la ley de la fe.
San Próspero de Aquitania (siglo V), fórmula que suele resumirse como lex orandi, lex credendi
Lo que la Iglesia reza y cómo lo reza forma la fe del pueblo. Un rito que expresa con claridad el sacrificio, la presencia real, el sacerdocio y la adoración ayuda a creer; uno que lo oscurece la debilita.
La Escritura muestra cuánto le importa a Dios el modo en que se le da culto. A Moisés le manda descalzarse ante la zarza ardiente (Ex 3,5). Castiga a Nadab y Abiú por ofrecer «un fuego extraño que Él no les había mandado» (Lv 10,1-2), y a Ozá por tocar el Arca con temeridad (2 Sam 6,7). Y el Nuevo Testamento no rebaja esta exigencia:
Por eso, aceptando el reino inconmovible, tengamos gratitud por la cual tributemos a Dios culto agradable con reverencia y temor. Porque nuestro Dios es fuego devorador.
Hebreos 12,28-29
El valor de la Misa tradicional
La Misa tradicional del rito romano no es una invención de una época concreta. Es el fruto de un crecimiento orgánico de muchos siglos: su Canon romano se remonta, en lo esencial, al siglo IV, y en tiempos de San Gregorio Magno (590-604) ya tenía casi su forma actual. San Pío V, después del Concilio de Trento, no creó un rito nuevo: fijó y depuró el que se usaba en Roma y lo extendió a toda la Iglesia latina (bula Quo primum, 1570).
El Concilio de Trento la defendió frente a los ataques protestantes. Enseñó que el Canon de la Misa «está libre de todo error» y no contiene nada que no respire santidad y piedad (DS 1745), y que las ceremonias, vestiduras y signos externos que usa la Iglesia son «incentivos de la piedad» que elevan las almas a la contemplación de los misterios (DS 1746).
En ella destacan:
- la orientación del sacerdote y del pueblo hacia el Señor (ad orientem), que expresa que todos se dirigen juntos a Dios;
- el Ofertorio, que expresa claramente el sacrificio propiciatorio;
- el silencio del Canon, que envuelve el misterio de la consagración;
- las numerosas genuflexiones, señales de la cruz e inclinaciones, que manifiestan la fe en la presencia real;
- el latín, lengua sagrada y universal de la Iglesia, que la une a través de los siglos y de los pueblos;
- el canto gregoriano, que la Iglesia reconoce como «propio de la liturgia romana».
Lo que han dicho los papas y el Concilio
Es significativo que el mismo Concilio Vaticano II pidiera conservar el latín en los ritos latinos (Sacrosanctum Concilium, 36) y dar el «primer lugar» al canto gregoriano (Sacrosanctum Concilium, 116). Muchas de las prácticas que hoy se identifican con la reforma, como la celebración de cara al pueblo o la desaparición casi total del latín, no fueron mandadas por el Concilio.
En 1969, los cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci presentaron al papa Pablo VI un Breve examen crítico del Novus Ordo Missae, en el que expresaban su preocupación porque el nuevo rito se alejaba, a su juicio, de la teología de la Misa definida en Trento.
En 2007, el papa Benedicto XVI declaró en el motu proprio Summorum Pontificum que el Misal de 1962 «nunca fue abrogado», y escribió en la carta que lo acompañaba: «Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande, y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial».
En 2021, el papa Francisco restringió su celebración con el motu proprio Traditionis custodes, y desde entonces se celebra con las autorizaciones que establecen las normas vigentes.
Objeciones y respuestas
«Si prefieres la Misa tradicional, estás negando la Misa nueva»
No. Preferir un rito por su mayor riqueza, claridad o reverencia no es negar la validez del otro, como preferir una catedral a una capilla sencilla no es negar que en la capilla esté el Santísimo. La fe católica exige reconocer que la Misa nueva, celebrada debidamente, es válida; no exige considerar que todos los ritos sean igualmente adecuados para expresar la fe, ni prohíbe criticar con respeto los abusos o las deficiencias.
«La Misa nueva es inválida»
Esta afirmación es falsa y peligrosa. La validez depende del ministro, la materia, la forma y la intención, y en la Misa nueva celebrada debidamente se dan todas ellas. Negarlo lleva a negar la indefectibilidad de la Iglesia, como si durante décadas la Iglesia universal hubiera dejado de ofrecer el sacrificio, y a la separación de la comunión eclesial. Se puede amar la Tradición sin caer en este error.
«El latín no lo entiende nadie»
Los fieles han seguido durante siglos la Misa en latín con sus misales bilingües, como se sigue hoy. Además, la liturgia no es ante todo una clase, sino un acto de adoración: lo esencial no es entender cada palabra, sino unirse al sacrificio de Cristo. Una lengua sagrada, distinta de la de la calle, recuerda que se está ante algo santo. Y el latín une a los católicos de todos los tiempos y lugares: la misma Misa se puede seguir en Nueva York, en Bogotá o en Roma.
«Lo importante es la participación activa»
Es verdad, y la tradición siempre lo ha enseñado. Pero la participación activa (actuosa participatio), expresión que viene de San Pío X, consiste ante todo en unirse interiormente al sacrificio, con la oración, la atención, la adoración y la comunión bien preparada. No consiste en que todos hagan algo visible en el presbiterio. El silencio y la contemplación son también una forma, y muy alta, de participar.
En resumen
- Hay que distinguir la validez de un rito (si hay verdadera Misa) de su dignidad (con cuánta claridad y reverencia expresa la fe).
- La Misa de Pablo VI, celebrada debidamente, es válida: negarlo es un error contra la fe.
- El modo de celebrar no es indiferente: lex orandi, lex credendi, y Dios pide ser adorado «con reverencia y temor» (Heb 12,28).
- La Misa tradicional, fruto de siglos de crecimiento orgánico, expresa con gran claridad el sacrificio, la presencia real y la adoración, y Benedicto XVI declaró que nunca fue abrogada.
- Amar la liturgia tradicional es legítimo y fecundo, siempre en la comunión de la Iglesia.
Las citas bíblicas siguen la traducción de Mons. Johannes Straubinger. DS = Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum.
