En el congreso inaugurado por el Cardenal Marx este 18 de septiembre, se ha puesto sobre la mesa una…

En el congreso inaugurado por el Cardenal Marx este 18 de septiembre, se ha puesto sobre la mesa una…

En el congreso inaugurado por el Cardenal Marx este 18 de septiembre, se ha puesto sobre la mesa una propuesta que resuena con fuerza en ciertos sectores eclesiales: renovar sinodalmente el ministerio episcopal y aumentar la cultura democrática en la Iglesia.

El planteamiento recuerda una verdad necesaria: la sinodalidad exige una mayor corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios en la vida de la Iglesia. Sin embargo, esta loable invitación plantea un delicado interrogante:

¿cómo armonizar este impulso democrático sin que la naturaleza sacramental del episcopado (instituido por voluntad divina y recibido por sucesión apostólica) quede reducida a la de un mero funcionario representativo?

En la economía de la salvación, el pastor no deriva su autoridad del consenso del rebaño, sino de su configuración ontológica con el Buen Pastor.

Al profundizar en esta renovación del ministerio, resulta enriquecedor volver a la perspectiva originaria del Concilio Vaticano II. En Lumen Gentium, la colegialidad no se presenta para democratizar el dogma ni para diluir la autoridad en comités administrativos, sino para fortalecer la comunión jerárquica.

Separar la sinodalidad de esta comunión corre el riesgo de convertir a la Esposa de Cristo en una ONG regida por un parlamentarismo eclesial, donde la sociología y las encuestas de opinión terminen silenciando la voz perenne de la Tradición.

La propuesta también insiste en fomentar una mayor cultura democrática, entendida como transparencia y rendición de cuentas. Este es un imperativo innegable ante las crisis morales de nuestro tiempo, pero nos exige un profundo discernimiento: evitar que la genuina necesidad de purificación se instrumentalice como vehículo para importar lógicas del poder civil, alterando la constitución divina de la Iglesia. Es vital recordar que el depósito de la fe no se somete a plebiscitos ni la Verdad revelada muta según el consenso de las mayorías.

Que este congreso represente un impulso para construir una sinodalidad auténtica y dócil a la sana doctrina, recordando siempre que toda renovación verdadera no busca reinventar la estructura eclesial para agradar al mundo, sino fortalecer su única misión: conducir a las almas hacia Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.

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